“Puedo limpiar, cocinar, hacer lo que sea. Mi hermanita solo necesita leche”, me dijo una niña de 8 años mientras cargaba a una bebé hambrienta en el vestíbulo de mi empresa. No discutí ni llamé a seguridad. Escribí una sola frase en una hoja y respondí: “Entonces estás contratada”. Pero cuando cayó de su mochila una lista escrita con crayón, entendí quién las había abandonado.

Parte 1

La mañana en que Camila entró a mi edificio cargando a su hermana bebé, yo estaba más preocupado por una reunión de 280 millones de pesos que por cualquier cosa que ocurriera en el vestíbulo.

Me llamo Alejandro Salgado, tenía 49 años y dirigía una empresa financiera en Santa Fe, Ciudad de México.

A las 7:46 de aquel martes de abril, la lluvia había convertido las avenidas en un estacionamiento y yo ya llevaba 3 llamadas antes de cruzar la puerta giratoria.

Entonces vi a la niña.