cualquier contacto futuro.
Sophia, en cambio, empezó a hacer algo que me tomó varios días notar.
Cada vez que subíamos a la vieja F-150, revisaba detrás del asiento.
Buscaba mi chamarra gris.
La misma que Sarah había usado tantas veces como prueba de que yo no tenía dinero para comprarme algo mejor.
La misma con la que había envuelto a Sophia después de sacarla mojada del patio.
Una mañana encontré una cobijita rosa doblada junto a ella.
—¿Qué hace esto aquí? —pregunté.
Sophia se abrochó el cinturón.
—Por si alguien