había odiado tanto esa palabra.
Horas.
Jonah y Blythe quizá solo tenían días.
A las nueve llegó otra llamada.
Franklin contestó.
Escuchó.
Después se sentó.
—¿Qué dijeron?
Me miró.
—Aceptaron evaluarlos.
No significaba que vivirían.
No significaba que el tratamiento funcionaría.
Solo significaba que todavía existía una puerta.
Y yo iba a atravesarla.
El traslado se realizó esa misma tarde.
Elena quiso irse.
—No —le dije.
—Señor Mercer…
—No eres prisionera.
—Entonces déjeme ir.
—Puedes irte.
Me acerqué.
—Pero quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
Le entregué el collar.
—¿Por qué esperaste