Cuando Inés cerró la mano sobre el llavero, yo todavía podía escuchar la respiración de Sergio al otro lado de la llamada.
—¿Clara? —volvió a preguntar—. Solo dime dónde están las llaves.
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Yo no sabía qué me asustaba más: que hubiera estado sobre mi almohada dejando una sustancia que podía provocarme una crisis respiratoria, o que ahora estuviera tan interesado en entrar a la farmacia que yo había heredado de mi papá.

Miré a Inés.
Ella no dijo nada.
Solo sostuvo el llavero con firmeza.
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—No las tengo