mis hijos.
Pero mis hijos jamás conocerían el mío como el de un padre.
Cerré los ojos.
A lo lejos pude escuchar los aplausos que salían del auditorio.
Y comprendí que la mayor tragedia de mi vida no era haberlo perdido todo.
Era haber tenido el mundo entero entre mis manos…
y haberlo tirado por un pedazo de latón.