Fingí un viaje y descubrí lo que mi hijo y mi nuera hacían en mi propia casa

me llevara a la terminal. Esperé media hora escondida y salí por otra puerta.

Lo que vi desde la ventana del vecino

Al caer la noche llegaron los primeros huéspedes. Karina abría la puerta antes de que tocaran el timbre, cobraba y los dejaba pasar. Para el jueves había once desconocidos durmiendo en mi casa: mi sala convertida en comedor común, mis cuartos convertidos en habitaciones de hostal. Don Segundo calculó que, a veinticinco dólares por cabeza, ganaban cientos de dólares por noche.

Pero lo peor llegó a la medianoche.