distancia.
Una silla más cerca.
Una respuesta menos fría.
Un momento en que me dejó cargar a uno mientras ella cambiaba al otro.
Una vez, Caleb lloró hasta quedarse morado de rabia. Yo no sabía qué hacer. Maren, agotada, me dijo:
—Camina. No rebotes tanto. Háblale.
—¿Qué le digo?
—Lo que sea. Tiene seis meses, no va a pedirte coherencia.
Caminé por la sala diciendo tonterías sobre autos, clima y reportes trimestrales.
Caleb dejó de llorar.
Maren me miró desde el sofá.
—Acabas de dormir a un bebé hablándole de