los escalones del porche, con una taza de té.
—Porque entendí que todavía no sabías.
—¿Sobre los niños?
—Sobre Tessa. Sobre ti. Sobre todo.
Miró hacia el camino.
—Yo ya había perdido la casa, el matrimonio, la reputación, el dinero y casi la fe en mí misma. Pero tú… tú seguías viviendo dentro de la mentira como si fuera una casa bonita.
La frase me atravesó.
—Y te dio pena.
—Sí.
—¿No rabia?
—También. Pero la rabia cansa. La pena llega cuando ya no esperas nada.
No supe qué decir.
—