suya.
—Yo guardaré la mía.
Gene estaba detrás de él.
—¿Le gustaría ver la cabina antes de irse?
La abuela se rió.
—Tengo ochenta años.
—Eso suena a un sí.
Ella sonrió.
—Lo es.
Mamá esperaba en la recogida de equipajes en San Francisco.
Cuando vio los ojos hinchados de la abuela, corrió hacia nosotros.
—¿Mamá? ¿Qué pasó?
La abuela dejó su bastón.
Puso ambas manos en la cara de su hija.
—Me senté en su asiento.
Mamá se quedó helada.
—34A —dijo la abuela.
—Vi las montañas.
Los ojos