Durante diez años lloró a su hijo desaparecido… hasta que la hija de su empleada miró un retrato y dijo seis palabras imposibles.
—Señor Cárdenas… yo conozco a ese niño.
Alejandro se quedó inmóvil frente a la chimenea.
Lucía, una niña delgada de doce años, no apartaba los ojos del retrato colgado sobre la pared principal de aquella enorme residencia al norte de Mérida.
—¿Qué acabas de decir?
Rosa, la nueva empleada de la casa, agarró a su hija del brazo.
—Lucía, vámonos. Ahora.
Pero la niña no se movió.