Mi nieto me susurró un secreto sobre el garaje de sus padres y di la vuelta al auto

aquellas fotografías, Valeria me pasó un micrófono. Hacía cuarenta años que no cantaba delante de nadie. Mi voz tembló en la primera estrofa, pero al llegar al estribillo vi la foto de Laura sonriéndome desde la pared y, por primera vez en décadas, sentí que la culpa pesaba un poco menos. A veces los secretos que más miedo dan son, en realidad, una forma torpe de amar.