El cuaderno de cuero y la verdad guardada en el bolsillo de su esmoquin

Ambos con una dirección que no reconocía. Si había vivido allí, alguien podría saber algo de la vida que había olvidado.

Cuarenta minutos después estaba frente a un viejo edificio de ladrillo en la calle Halsted. El administrador me miró y sonrió.

—¡Claire! Hace siglos que no te veo.

Leí su gafete.

—¿Señor Álvarez?

—El mismo. ¿Cómo les va en el nuevo lugar?

—¿Les?

La sonrisa se apagó.

—A ti y al muchacho con el que vivías.

Un frío se me instaló en el estómago.

—Tuve un accidente. No recuerdo