La primera vez que los tuve juntos, me costó creer que aquella pequeña familia dependiera por completo de mí. Cada uno tenía su propio ritmo, su propia manera de reclamar atención y una forma distinta de quedarse dormido en mis brazos.
Las noches eran largas. Había mañanas en las que apenas había descansado y tardes en las que me encontraba contando pañales y organizando las siguientes consultas mientras los niños jugaban cerca de mí.
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Pero también había momentos que no cambiaría por nada. Noah buscaba mi mano cuando tenía