a verlos, y mucho menos en una celebración donde todos los invitados estarían reunidos para presenciar una nueva etapa de aquella familia.
Miré a mis hijos. Ya no eran los bebés que había llevado a casa después del parto. Eran cuatro niños pequeños que empezaban a hacer preguntas sobre el mundo y sobre las personas que formaban parte de él.
Por primera vez desde que me fui, decidí regresar.
No tenía intención de interrumpir la ceremonia para gritar ni de convertir a mis hijos en instrumentos de una disputa entre