Durante tres años, mi familia creyó que yo estaba sola.
Que no tenía a nadie.
Que no había nadie esperando por mí al final del día.
Nunca intenté corregirlos.
Porque a veces, cuando las personas creen que no tienes nada, muestran exactamente quiénes son.
Y mi familia había mostrado mucho.
Cuando regresé al salón de baile, nadie me reconoció al principio.
El vestido negro cambiaba completamente mi presencia.
El cabello recogido.
Los labios rojos.
La espalda recta.
Ya no era la mujer que había salido llorando de la fuente.
Era