a poco, el estado físico de Raymond comenzó a mejorar.
Primero recuperó la capacidad de girar la muñeca.
Después consiguió levantar lentamente todo el antebrazo del colchón.
Cuatro días más tarde ya podía mantener la cabeza erguida sin ayuda durante varios segundos.
—Hay un teléfono móvil escondido en el cajón inferior de mi escritorio —me dijo una madrugada, antes de que saliera el sol—. Nadie en esta casa sabe que existe.
Busqué detrás de una pila de viejos documentos y encontré el pequeño aparato.
Raymond me dictó un número de