con Theodore entre los brazos.
Finalmente, giró lentamente la cabeza hacia el centro de la habitación.
Raymond estaba cómodamente sentado en su sillón favorito.
No estaba indefenso en una cama.
No estaba conectado a monitores.
Estaba sentado.
Erguido.
Sus piernas estaban cubiertas por una ligera manta de lana y ambas manos descansaban firmemente sobre el bastón.
Christopher perdió todo el color del rostro.
—Tío…
—Buenos días, Christopher —lo saludó Raymond con frialdad.
—¿Qué demonios haces fuera de la cama?
—Esa no es ni de lejos la pregunta más interesante que