—¿Y ahora no?
Raymond suspiró.
—Porque yo crié a Christopher. No era mi hijo biológico, pero lo acogí en mi corazón y en mi casa. Le enseñé a desenvolverse en el mundo empresarial. Solucioné sus problemas. Lo ayudé económicamente cada vez que me lo pidió, e incluso cuando no lo hizo. Creía sinceramente que haciendo todo aquello estaba construyendo una familia de verdad.
Levantó la cabeza y me miró.
—Quizá la única lección que conseguí enseñarle fue que todo en la vida tiene un precio.
Los meses siguientes fueron largos