gracioso, sino porque mi cabeza se negó a aceptar que hablaba en serio.
Mi esposo, Daniel, no se rio.
Bajó la mirada.
Ahí comenzó realmente mi matrimonio.
La boda había sido en una hacienda restaurada a las afueras de Querétaro.
Luces cálidas sobre el jardín.
Bugambilias blancas alrededor de las mesas.
Ciento veinte invitados.
Una banda tocando cerca de la fuente.
Mi madre llorando cada veinte minutos porque, según ella, yo seguía siendo la niña que se dormía abrazada a una almohada rosa.
Yo tenía 30 años y llevaba tres