poco, a desconfiar de sus propios límites.
Hoy Daniel y yo seguimos intentando descubrir si nuestro matrimonio puede sobrevivir.
No sé cuál será la respuesta.
Hay heridas que se pueden cerrar.
Otras cambian la estructura completa de una relación.
Pero sí sé algo.
Aquella noche no terminó destruyendo mi capacidad de confiar en mí misma.
Hizo exactamente lo contrario.
Porque después de levantarme de aquella cama, entendí que ninguna boda, ningún apellido, ninguna familia y ninguna supuesta tradición tiene derecho a convertir un “no” en algo negociable.
Y nunca volveré