Y aun así le contabas las cosas difíciles.
Asentí.
—Me amaba.
—Sí.
Penelope dejó pasar unos segundos.
—Y también te ocultó esto.
Miré la carta.
—Las dos cosas son ciertas, cariño.
Eso era lo que más dolía.
Quería una respuesta sencilla.
Quería descubrir que Irene había sido una impostora.
O descubrir alguna explicación perfecta que borrara la mentira.
Pero ninguna de esas cosas era verdad.
La mujer que me había amado durante sesenta años también me había mentido durante 46.
Aquella noche me quité el anillo.
Lo puse junto al