de Irene.
Después volteé boca abajo nuestra fotografía de boda.
No dudaba de que me hubiera amado.
Ya no sabía cuánto podía soportar ese amor sin romperse bajo el peso de lo que había escondido.
A la mañana siguiente dejé de intentar adivinar lo que Irene habría querido.
Empecé a pensar en lo que yo quería hacer con la verdad que me había dejado.
Llamé al señor Geller.
—¿Irene le pidió que consiguiera que yo la perdonara?
—No.
—Entonces ¿qué quería?
—Que usted supiera la verdad después de que ella