años juntos.
Tres días después del funeral de Irene, un desconocido apareció en mi puerta y me dijo que yo jamás había sido legalmente su esposo.
Tenía 86 años.
Estaba descalzo y sostenía una taza de café que, por costumbre, casi había preparado para dos.
El hombre se presentó como el señor Geller.
Llevaba un sobre entre las manos.
—Irene me pidió que le entregara esto después de su muerte.
Lo miré confundido.
—Irene no tenía abogado.
—Sí lo tenía. Acudió conmigo hace algunos años.
Aquello me molestó inmediatamente.
Irene