muriera.
Miré aquella carta incompleta.
—Esperó precisamente hasta el único momento de nuestros sesenta años en que yo no podía hacerle ninguna pregunta.
El señor Geller no intentó defenderla.
Eso se lo agradecí.
—¿Qué falta por resolver?
—¿A qué se refiere?
—Su lápida. Documentos. Cualquier cosa que todavía necesite mi decisión. Estoy cansado de recibir sorpresas sobre mi propia vida.
Me explicó que aún debía aprobar la inscripción final del marcador funerario.
Después me envió los documentos pendientes.
Aquella tarde Penelope regresó.
Le entregué la carta completa de su madre.