nervioso y convencido de que acababa de casarme con la mujer con la que pasaría el resto de mi vida.
En una cosa sí había tenido razón.
Tomé mi anillo de la mesa.
Irene me había quitado la oportunidad de decidir qué significaba su verdad mientras ella estaba viva.
Eso jamás podría devolvérmelo.
Pero tampoco iba a permitir que su miedo tomara una última decisión por los dos.
Me puse nuevamente el anillo.
—Todavía estoy enojado contigo, Irene —dije en voz alta.
Después me senté en mi sillón, junto al