que había sido de ella, y bebí mi café.
Habíamos discutido.
Habíamos reído.
Criamos tres hijos.
Vimos crecer a cinco nietos.
Enterramos amigos.
Pagamos cuentas.
Nos cuidamos durante enfermedades.
Compartimos miles de mañanas ordinarias que ahora daría cualquier cosa por recuperar.
Todo eso había ocurrido.
Su mentira también.
No necesitaba convertirla en una santa para seguir amándola.
Ni convertirla en una extraña para reconocer lo que me había hecho.
Durante sesenta años pensé que el matrimonio era la promesa que habíamos hecho aquel día antes de que yo partiera a