Vietnam.
Ahora comprendía que nuestra vida había sido más complicada que aquella promesa.
Legalmente, quizá Irene nunca fue mi esposa.
Pero fue la mujer con la que construí mi vida.
La mujer a la que amé.
La mujer que me amó.
Y también la mujer que tuvo miedo durante 46 años de confiarme una verdad que me pertenecía.
Las cuatro cosas podían existir al mismo tiempo.
Por primera vez desde que el señor Geller llamó a mi puerta, dejé de esperar una respuesta de Irene.
Ella había tomado su decisión