me derrumbé del alivio.
—¿Dónde está?
—En mi oficina.
Corrí hasta allí.
Mi hija se levantó en cuanto me vio y se lanzó a mis brazos.
—¡Mamá!
La abracé con todas mis fuerzas.
—Estoy aquí.
—La abuela vino por mí.
—Lo sé.
—Dijo que tú le habías dicho que podía llevarme.
Cerré los ojos.
—Nunca hice eso.
La directora intervino.
—La señora mostró una copia de un documento.
—¿Qué documento?
Me entregó una hoja.
Era una autorización con mi firma.
Pero yo nunca la había firmado.
La miré detenidamente.
Era