esparcidas por la alfombra. “Lea la carta que dejó en la cama, señor. La escribió esta tarde”, le indicó María por la espalda. Con las piernas temblando, Alejandro entró sigilosamente por el ángulo ciego de la habitación, tomó el sobre y lo abrió. La letra redonda de su hija era un puñal directo al corazón.
“Papá, cuando leas esto, ya no estaré aquí. Por mucho tiempo intenté que te dieras cuenta de que existo. Saqué dieces, gané medallas, me quedé despierta esperando que llegaras. Pero siempre regresabas cansado, pegado