Tendría 8 años.
Llevaba tenis empapados, una mochila rosa demasiado grande y, apretada contra el pecho, una bebé envuelta en una cobija verde.
No había ningún adulto detrás de ellas.
Camila estaba parada frente a la recepción mirando un pequeño anuncio pegado junto a la cafetería.
“Se solicita ayudante de limpieza.”
Cuando me acerqué, escuché a Patricia, la recepcionista.
—Cariño, ese trabajo es para adultos.
La niña bajó la mirada hacia la bebé.
Luego respondió con una seriedad que todavía recuerdo.
—Yo sé barrer, lavar platos y cocinar huevos.
Patricia