en su vaso.
—Solo si quieres.
Miró el refrigerador.
—Entonces todavía tengo el mismo trabajo.
—Exactamente.
Se sentó.
Tomó el tenedor.
Y aquella mañana ocurrió algo que para cualquier otra familia habría parecido insignificante.
Camila comió primero.
Yo me senté a su lado.
Mi teléfono estaba en otra habitación.
Había platos sucios en el fregadero.
Tenía 17 correos sin contestar.
Los hotcakes siguientes probablemente también iban a quemarse.
Y por primera vez ninguno de nosotros necesitaba terminar nada para sentirse digno de quedarse en aquella mesa.