Durante 11 años, mi esposo me presentó como “Mariana, mi esposa” y repetía que sin su apellido yo no era nadie. El día del divorcio tomó las llaves de Valle de Bravo, se rio y dijo: “¿Duele perder?”. Yo no discutí; solo respondí: “Pregúntame mañana”. Esa misma noche, frente a 327 invitados, las pantallas de su boda se encendieron y por primera vez Alejandro escuchó mi verdadero cargo y el nombre de mis 14 empresas.

su marido.

En Monterrey, Lucía cerró su computadora.

“Ya lo sabe.”

Miré mi teléfono.

Eran las 9:07.

“Todavía no.”

Abrí una carpeta.

Dentro estaban los resultados de la auditoría.

Transferencias.

Facturas.

Reservaciones.

Joyas.

Viajes.

Gastos personales cargados a la empresa.

Una transferencia de 640,000 pesos relacionada con la boda.

Y 3 correos en los que Alejandro había asegurado que ninguno de esos movimientos existía.

Le entregué la carpeta a Lucía.

“Ahora sí.”

Ella tomó el teléfono.

“¿Mando todo?”.

Miré por última vez la transmisión.

Alejandro ya estaba revisando