Durante 11 años, mi esposo me presentó como “Mariana, mi esposa” y repetía que sin su apellido yo no era nadie. El día del divorcio tomó las llaves de Valle de Bravo, se rio y dijo: “¿Duele perder?”. Yo no discutí; solo respondí: “Pregúntame mañana”. Esa misma noche, frente a 327 invitados, las pantallas de su boda se encendieron y por primera vez Alejandro escuchó mi verdadero cargo y el nombre de mis 14 empresas.

Yo seguí caminando.

Alejandro no soportó que no reaccionara.

“Mariana.”

Me detuve.

“¿No vas a decir nada?”.

Me volví hacia él.

Durante 11 años había aprendido que Alejandro necesitaba una reacción del mismo modo que otras personas necesitaban oxígeno.

“¿Qué quieres que diga?”.

Abrió los brazos.

“Que te equivocaste.”

Renata sonrió.

Alejandro señaló mi bolso sencillo y mi vestido azul marino.

“Vas a descubrir lo caro que es vivir cuando yo ya no pague tus cuentas.”

No respondí.

Renata se acercó un poco más a él.

“Déjala, amor.

Tal vez