Durante 11 años, mi esposo me presentó como “Mariana, mi esposa” y repetía que sin su apellido yo no era nadie. El día del divorcio tomó las llaves de Valle de Bravo, se rio y dijo: “¿Duele perder?”. Yo no discutí; solo respondí: “Pregúntame mañana”. Esa misma noche, frente a 327 invitados, las pantallas de su boda se encendieron y por primera vez Alejandro escuchó mi verdadero cargo y el nombre de mis 14 empresas.

ahora sí aprenda a viajar en clase turista.”

Los dos rieron.

Mi abogada, Lucía Ortega, estaba a pocos metros de mí.

Vi cómo apretaba la mandíbula.

Yo solo acomodé la correa de mi bolso.

“Felicidades, Alejandro.”

Su sonrisa se ensanchó.

Creyó que me estaba rindiendo.

No sabía que llevaba meses esperando ese momento.

Durante el divorcio, Alejandro peleó por todo lo que podía fotografiar.

La casa de Valle de Bravo.

El departamento de Santa Fe.

Dos camionetas.

La colección de relojes.

Las obras de arte.

Hasta una casa en Acapulco