en el pasillo. Tenía las manos en los bolsillos de la bata y una expresión que no supe descifrar del todo.
—Señora, hay algo que él me hizo prometer que le entregaría solo después de que se hubiera ido —me dijo con voz baja.
Sentí que el piso se movía debajo de mis pies. Lo seguí hasta su consultorio en silencio, con el corazón latiéndome en los oídos. De un cajón sacó un sobre grueso, sellado con cinta, y encima del sobre estaba aquel cuaderno que yo había visto semanas