a apoyar pacientes trasplantados.
Quería acompañar a personas que, como yo, descubrían que sobrevivir era solo el primer paso para volver a empezar.
Un año después recibí una carta inesperada.
Era de mi exsuegra.
La abrí con cierta duda.
Solo contenía unas pocas líneas.
“Cada día recuerdo que sigo viva gracias a ti.”
“Y cada día debo aceptar que mi hijo perdió a la mejor persona que conoció por culpa de nuestro egoísmo.”
No pedía perdón.
No intentaba justificarse.
Solo reconocía la verdad.
Guardé la carta en un cajón.
No