hiciera problemas mientras tú estabas fuera.
Mauricio abrió la boca.
—No fue así.
Mi madre no retrocedió.
—Me sujetaste.
Esa frase fue suficiente.
No necesitaba un discurso.
No necesitaba que nadie gritara.
Mi madre acababa de decirlo delante de mí.
Y yo había visto las marcas.
Tomé mi teléfono.
—Nos vamos.
Mauricio dio un paso hacia nosotros.
Esta vez no bloqueó la puerta.
—Daniela, podemos hablar.
—Ya hablamos demasiado.
—Piensa en los niños.
Miré a Mateo y Sofía.
—Precisamente por ellos estoy haciendo esto.
Patricia bajó la mirada.
No dijo