pidió a un taxista cualquiera que se desviara hacia Presidente Masaryk y compró un enorme ramo de rosas rosadas y blancas. Eran las mismas flores que le dio a Rebeca cuando le pidió matrimonio.
Mientras el taxi avanzaba por el tráfico de Periférico hacia su mansión en Lomas de Chapultepec, Alejandro miró por la ventana, reflexionando. Pensó en cómo todo se había ido rompiendo sin que él se diera cuenta. Las cenas frías, los “todo bien, pa” tan vacíos de Victoria por teléfono. Los sonrisas fingidas de su esposa