escalones crujían ligeramente. Las rosas se iban marchitando por la fuerza con la que Alejandro apretaba los tallos. Llegaron al segundo piso, justo frente a la puerta entreabierta de la recámara de Victoria.
“Entre con mucho cuidado, patrón. No haga ruido.
Solo observe”, susurró María, apartándose un poco. Alejandro empujó la puerta de madera apenas unos centímetros. Lo que vio le robó el aliento. Su hija adolescente, la niña que apenas veía por sus malditos viajes de negocios, estaba sentada en el piso, abrazando sus rodillas, llorando con un