PARTE 2: ESTA VEZ, LAS CONDICIONES ERAN MÍAS

Ella abrió la boca.

Él no apartó los ojos.

Y Margaret, sorprendida por aquella pequeña resistencia, terminó marchándose.

Julian esperó hasta que las puertas del ascensor se cerraron.

 

 

—¿Podemos sentarnos?

—Cinco minutos.

Encontramos un banco junto a una ventana.

Él apoyó los codos en las rodillas.

Ya no parecía el abogado que había repartido nuestros ahorros como si estuviera explicando una factura.

—¿Es mío?

—Sí.

Cerró los ojos un instante.

 

 

Después miró mi bolso.

—La fecha…

—No coincide exactamente con lo que calculaba. La doctora quiere