la casa, cerré la con llave y reproduje la grabación.
Durante varios minutos no ocurrió nada extraño. Yo permanecía inmóvil sobre la profundamente dormida.
Entonces la puerta volvió a abrirse.
Él entró lentamente, se acercó sin hacer ruido y se sentó a mi lado.
Contuve la respiración mientras observaba la pantalla.
Con una delicadeza inquietante comenzó a acariciar mi cabello.
Lo hacía con
Crianza de los hijos
una ternura que resultaba perturbadora.
Pero había algo mucho más escalofriante.
En su rostro apareció una sonrisa extraña, una sonrisa que jamás le