la muñeca y la arrastró hacia el despacho privado.
—Hay una salida segura.
—No, no la hay —dije.
Se volvió bruscamente hacia mí. Su peinado perfecto se había deshecho y el cabello le caía sobre la frente. Llevaba abierto el cuello de la camisa del esmoquin. Ahora parecía menos un multimillonario y más lo que siempre había sido: un ladrón asustado vestido con seda prestada.
—¿Crees que tu hermano puede arrestarme? —espetó—. Esta es mi casa.
—La escritura está a mi nombre —dije—. La empresa está a mi nombre. El