Olivia no lloró cuando Clara le peinó los rizos con paciencia, ni cuando ajustó la capa rosada alrededor de sus hombros diminutos, ni cuando la llamó «princesa» y giró la silla una vez para arrancarle una carcajada. Mi hija de cuatro años se veía tranquila, incluso divertida, hasta el instante exacto en que las tijeras se abrieron cerca de su cabeza.
Equipa Tu Barbacoa
El sonido metálico fue apenas un chasquido, casi imperceptible, pero Olivia reaccionó como si le hubieran acercado una brasa encendida a la piel.
—¡No! —gritó, cubriéndose