que se me cerraba la garganta.
Mi esposa había pensado en todo.
Incluso en cómo convencerme después de muerta.
Aquella noche convertí mi casa en algo que nunca había sido.
No una fortaleza.
Un centro de investigación.
Abogados.
Médicos.
Especialistas en ciberseguridad.
Dos antiguos investigadores federales que ahora trabajaban en el sector privado.
Nadie recibió órdenes de amenazar a nadie.
Nadie tocó un arma.
Por primera vez en muchos años entendí que mi poder no estaba en cuántos hombres podía enviar.
Estaba en cuántos expertos podía reunir antes del amanecer.