el cabello cuando había visitas.
Dejó de preguntarle a Rosanna:
—¿Hoy viene alguien por mí?
Hasta que llegó David.
David Cárdenas tenía 45 años y era uno de los empresarios más conocidos de la región.
Había construido una importante compañía dedicada al desarrollo de proyectos inmobiliarios y tecnológicos.
Vivía rodeado de personas.
Reuniones.
Contratos.
Viajes.
Hoteles elegantes.
Pero había una
cosa que no tenía.
Una familia.
David había acudido al refugio acompañando a una amiga que colaboraba con distintos programas sociales.
No tenía intención de adoptar.
Al menos, eso creía.