No llevaba regalos.
No había fotógrafos.
Ni periodistas.
Ni asistentes.
Solo había ido porque había prometido quedarse unas horas.
Mientras caminaba por uno de los pasillos, escuchó una voz muy bajita.
—No pasa nada.
David se detuvo.
La voz volvió a escucharse.
—Ya estoy acostumbrada.
Giró lentamente la cabeza.
Berta estaba sentada junto a una ventana.
Miraba hacia afuera.
En sus manos sostenía aquella vieja muñeca.
David se acercó unos pasos.
—¿Acostumbrada a qué?
La niña levantó la mirada.
Durante unos segundos no respondió.
Después se encogió