de hombros.
—A que no me elijan.
Aquellas palabras golpearon a David de una manera que no esperaba.
—¿Cómo dices?
Berta bajó los ojos.
—Nada.
—Sí te escuché.
La niña
apretó la muñeca contra su pecho.
—Los niños pequeños son más bonitos.
David permaneció en silencio.
—Y los bebés todavía no han hecho nada malo —continuó ella—. Yo ya soy grande.
—Diez años no es ser grande.
Berta sonrió con tristeza.
—Aquí sí.
David sintió un nudo en la garganta.
La niña volvió a mirar por la ventana.
—Cuando vienen