vez que, de niña, le preguntaba a quién me parecía, mi padre respondía:
—Tienes los ojos de tu madre.
Después guardaba silencio y se marchaba.
Pero aquella noche parecía un hombre completamente diferente. Había reservado una mesa privada en un restaurante caro y llevaba el traje negro que había guardado durante años en su armario. En el centro de la mesa había un grueso sobre marrón con mi nombre completo escrito encima.
—¿Qué hay dentro? —pregunté.
—Lo abrirás después de la cena.
—¿Por qué no ahora?
—Porque si lo abres