algo empezó a cambiar.
Al tercer día, Sofía me tomó de la mano sin que yo se lo pidiera.
Al cuarto día, sonrió al ver a un perro correr tras una pelota.
Al quinto día…
río.
No fue una risa fuerte.
Pero era real.
Y sentí que algo dentro de mí se estaba reconstruyendo.
Una semana después, me llamó la escuela.
Habían revisado las cámaras.
He hablado con otros padres.
Y descubrí más de lo que imaginaba.
Sofía no era la única que sufría acoso.
Había al menos otros tres