él.
Porque sabía que tenía razón. La había visto hacerlo. En la encimera de la cocina. Con dos dedos de color rosa pálido.
Simplemente no sabía qué hacer al respecto.
Los viejos amigos dejaron de venir.
El señor y la señora Kowalski, los vecinos de al lado, que jugaban a las cartas con mamá y papá todos los viernes por la noche desde hacía treinta años. Los chicos de la liga
de bolos de papá. El pastor Jim de la Primera Iglesia Metodista.
«Ella hace